93 años. Es la última etapa. El fin no está lejos. Qué suerte
poder aprovecharla para recordar lo que ha servido de base a
mi compromiso político: los años de resistencia y el
programa elaborado hace 70 años por el Consejo Nacional de
la Resistencia. A Jean Moulin le debemos, dentro del marco
de este Consejo, el agrupamiento de todos los componentes de
la Francia ocupada, los movimientos, los partidos, los
sindicatos, con el fin de proclamar su adhesión a la Francia
combativa y a su único jefe reconocido: el general De
Gaulle. Desde Londres, donde me reuní con el general De
Gaulle, en marzo de 1941, me llegó la noticia de que el
Consejo había puesto en marcha un programa (adoptado el 15
de marzo de 1944) que proponía para la Francia liberada un
conjunto de principios y valores sobre los que se asentaría
la democracia moderna de nuestro país.
Estos principios y valores los necesitamos hoy más que nunca.
Es nuestra obligación velar todos juntos para que nuestra
sociedad siga siendo una sociedad de la que podamos
sentirnos orgullosos, y no esta sociedad de indocumentados,
de expulsiones, de sospechas con respecto a la inmigración;
no esta sociedad en la que se ponen en cuestión las
pensiones, los logros de la Seguridad Social; no esta
sociedad donde los medios de comunicación están en manos de
los poderosos. Todas estas son cosas que habríamos evitado
apoyar si hubiéramos sido verdaderos herederos del Consejo
Nacional de la Resistencia.
A partir de 1945, después de un drama atroz, las fuerzas
internas del Consejo de la Resistencia se entregan a una
ambiciosa resurrección. Se crea la Seguridad Social como la
Resistencia deseaba, tal y como su programa lo estipulaba:
“un plan completo de Seguridad social que aspire a asegurar
los medios de subsistencia de todos los ciudadanos cuando
estos sean incapaces de procurárselos mediante el trabajo”;
“una pensión que permita a los trabajadores viejos terminar
dignamente su vida”. Las fuentes de energía, electricidad y
gas, las minas de carbón y los bancos son nacionalizados. El
programa recomendaba “que la nación recuperara los grandes
medios de producción, fruto del trabajo común, las fuentes
de energía, los yacimientos, las compañías de seguros y los
grandes bancos”; “la instauración de una verdadera
democracia económica y social, que expulse a los grandes
feudalismos económicos y financieros de la dirección de la
economía”. El interés general debe primar sobre el interés
particular, el justo reparto de la riqueza creada por el
trabajo debe primar sobre el poder del dinero. La
Resistencia propone “una organización racional de la
economía que garantice la subordinación de los intereses
particulares al interés general y que se deshaga de la
dictadura profesional instaurada según el modelo de los
Estados fascistas”, y el gobierno provisional de la
República toma el relevo.
Una verdadera democracia necesita una prensa independiente;
la Resistencia lo sabe, lo exige, defiende “la libertad de
prensa, su honor y su independencia del estado, de los
poderes del dinero y de las influencias extranjeras”. Esto
es lo que, desde 1944, aún indican las ordenanzas en
relación a la prensa. Ahora bien, esto es lo que está en
peligro hoy en día.
La Resistencia llamaba a la “posibilidad efectiva para todos los niños
franceses de beneficiarse de la mejor instrucción posible”,
sin discriminación; ahora bien, las reformas propuestas en
2008 van contra este proyecto. Jóvenes profesores, a los
cuales apoyo, han peleado hasta impedir la aplicación de
estas reformas y han visto disminuidos sus salarios a modo
de penalización. Se han indignado, han “desobedecido”, han
considerado que estas reformas se alejaban del ideal de la
escuela republicana, que estaban al servicio de la sociedad
del dinero y que no desarrollaban suficientemente el
espíritu creativo y crítico.
Es la base de las conquistas sociales de la Resistencia la
que hoy se cuestionan
El motivo
de la resistencia es la indignación
Se tiene la osadía de decirnos que el Estado ya no puede
asegurar los costes de estas medidas sociales. Pero cómo
puede faltar hoy dinero para mantener y prolongar estas
conquistas, cuando la producción de la riqueza ha aumentado
considerablemente desde la Liberación, periodo en el que
Europa estaba en la ruina, si no es porque el poder del
dinero, combatido con fuerza por la Resistencia, no ha sido
nunca tan grande, tan insolente y tan egoísta con sus
propios servidores, incluso en las más altas esferas del
Estado. Los bancos, una vez privatizados, se preocupan mucho
por sus dividendos y por los altos salarios de sus
dirigentes, no por el interés general. La brecha entre los
más pobres y los más ricos no ha sido nunca tan grande, ni
la búsqueda del dinero tan apasionada.
El motivo principal de la Resistencia era la indignación.
Nosotros, veteranos de los movimientos de resistencia y de
las fuerzas combatientes de la Francia libre, llamamos a las
jóvenes generaciones a vivir y transmitir la herencia de la
Resistencia y de sus ideales. Nosotros les decimos: tomad el
relevo, ¡indignaos! Los responsables políticos, económicos e
intelectuales, y el conjunto de la sociedad no deben dimitir
ni dejarse impresionar por la actual dictadura de los
mercados financieros que amenaza la paz y la democracia.
Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro
motivo de indignación. Es algo precioso. Cuando algo nos
indigna, como a mí me indignó el nazismo, nos volvemos
militantes, fuertes y comprometidos.
Volvemos a encontrarnos con esta corriente de la historia, y
la gran corriente de la historia debe perseguirse por cada
uno. Y esta corriente nos conduce a más justicia y libertad;
pero no a la libertad incontrolada de la zorra en el
gallinero. Estos derechos, recogidos en 1948 en un programa
de la Declaración universal, son universales. Si conocéis a
alguien que no los disfruta, compadecedlo, ayudadle a
conseguirlos.
Dos
visiones de la historia
Cuando intento comprender qué fue lo que causó el fascismo,
qué hizo que fuéramos absorbidos por él y por Vichy, me digo
que los ricos egoístas tuvieron mucho miedo de la revolución
bolchevique y que se dejaron guiar por sus miedos. Pero si,
hoy como entonces, una minoría activa se levantara, eso
bastaría: tendríamos la levadura que haría crecer la masa.
Desde luego, la experiencia de alguien viejo, como yo, nacido
en 1917, es diferente de la experiencia de los jóvenes de
hoy. A menudo solicito a los profesores de colegios la
oportunidad de dirigirme a sus alumnos, y les digo:
“vosotros no tenéis las mismas razones evidentes para
comprometeros. Para nosotros, resistir era no aceptar la
ocupación alemana, la derrota. Era algo relativamente
simple; simple como lo que vino a continuación: la
descolonización. Siguió la guerra de Argelia: era necesario
que Argelia se independizara, era algo evidente. En cuanto a
Stalin, todos aplaudimos la victoria del ejército rojo
contra los nazis, en 1943. Pero cuando nos enteramos de las
grandes purgas estalinistas de 1935, aunque era necesario
estar al corriente de lo que hacía el comunismo para
contrarrestar el capitalismo americano, la necesidad de
oponerse a esta forma insoportable de totalitarismo se
impuso como una evidencia. Mi larga vida me ha dado una
serie de razones para indignarme.
Estas razones son fruto menos de una emoción que de una
voluntad de compromiso. Cuando estudiaba en la Escuela
Normal, Sartre, un condiscípulo mayor que yo, me influenció
profundamente. La náusea, El muro, pero no El ser y la nada,
fueron muy importantes en la formación de mi pensamiento.
Sartre nos enseñó a decirnos: “Sois responsables en tanto
que individuos”. Era un mensaje de libertad. La
responsabilidad del hombre que no puede confiar ni en un
poder ni en un dios. Al contrario, es necesario
comprometerse en nombre de la propia responsabilidad como
persona humana. Cuando entré en la Escuela Normal de la
calle Ulm, en Paris, en 1939, entré como ferviente discípulo
del filósofo Hegel, y seguí el seminario de Maurice Merleau-Ponty.
Su enseñanza exploraba la experiencia concreta, la del
cuerpo y sus relaciones con los sentidos, gran singular
frente a la pluralidad de los sentidos. Pero mi optimismo
natural, que quiere que todo lo que es deseable sea posible,
me encaminaba más bien a Hegel. El hegelianismo interpreta
que la larga historia de la humanidad tiene un sentido: la
libertad del hombre que progresa paso a paso. La historia
está hecha de choques sucesivos, es la asunción de los
desafíos. La historia de las sociedades progresa, y al
final, cuando el hombre ha alcanzado su completa libertad,
se tiene el estado democrático en su forma ideal.
Existe, desde luego, otra concepción de la historia. Los
progresos conseguidos por la libertad, la competición, la
carrera por el “siempre más” pueden ser vividos como un
huracán destructor. Así la concibe un amigo de mi padre, el
hombre que compartió con él la tarea de traducir al alemán
En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Es el
filósofo alemán Walter Benjamin. Él había encontrado un
mensaje pesimista en un cuadro del pintor suizo Paul Klee,
el Angelus Novus, en el que la figura de un ángel abre los
brazos como para contener y rechazar una tempestad que
Benjamin identifica con el progreso. Para Benjamin, que se
suicidó en septiembre de 1940 para huir del nazismo, el
sentido de la historia es un camino irresistible de
catástrofe en catástrofe.
La
indiferencia: la peor de las actitudes
Es verdad que las razones para indignarse pueden parecer hoy
menos claras o el mundo demasiado complejo. ¿Quién manda,
quién decide? No siempre es fácil distinguir entre todas las
corrientes que nos gobiernan. Ya no tenemos que vérnoslas
con una pequeña élite, cuyo modo de actuar conocemos con
claridad. Este es un vasto mundo de cuya interdependencia
nos percatamos claramente. Vivimos con una interconectividad
como jamás ha existido. Pero en este mundo hay cosas
insoportables. Para verlas, hace falta observar con
atención, buscar. Les digo a los jóvenes: buscad un poco,
encontraréis. La peor de las actitudes es la indiferencia,
el decir “yo no puedo hacer nada, yo me las apaño”. Al
comportaros así, perdéis uno de los componentes esenciales
que hacen al ser humano. Uno de sus componentes
indispensables: la capacidad de indignarse y el compromiso
que nace de ella.
Es posible identificar desde ahora dos grandes desafíos
nuevos:
1. La gran diferencia que existe entre los muy pobres y los
muy ricos, la cual no deja de crecer. Se trata de una
innovación de los siglos XX y XXI. Los muy pobres del mundo
de hoy ganan apenas dos dólares al día. No se puede dejar
que esta diferencia se haga más profunda todavía. La
constatación de este hecho debería suscitar por sí misma un
compromiso.
2. Los derechos del hombre y el estado del planeta. Después
de la Liberación tuve la suerte de participar en la
redacción de la Declaración universal de los derechos del
hombre adoptada por la Organización de Naciones Unidas el 10
de diciembre de 1948, en el palacio de Chaillot, en Paris.
Como jefe de gabinete de Henri Laugier, secretario general
adjunto de la ONU y secretario de la Comisión de los
Derechos del hombre participé, entre otros, en la redacción
de esta declaración. No puedo olvidar el papel que tuvo en
su elaboración René Cassin, comisario nacional de justicia y
educación del gobierno de la Francia libre, en Londres, en
1941, el cual fue premio Nobel de la paz en 1968, ni el de
Pierre Mendès France dentro del Consejo económico y social,
al que enviábamos los textos que elaborábamos antes de que
fueran examinados por la Tercera Comisión de la Asamblea
General, encargada de los aspectos sociales, humanitarios y
culturales. La Comisión contaba con los 54 estados que eran
miembros, en aquel momento, de las Naciones Unidas, y yo me
encargaba de su secretaría. A René Cassin debemos el término
de derechos “universales”, y no “internacionales” como
proponían nuestros amigos anglosajones. Puesto que en esto
está lo que se juega al terminar la segunda guerra mundial:
la emancipación de las amenazas que el totalitarismo hizo
pesar sobre la humanidad. Para emanciparse, es necesario
conseguir que los estados miembros de la ONU se comprometan
a respetar estos derechos universales. Es una manera de
desmontar el argumento de plena soberanía que un estado
puede hacer valer mientras comete crímenes contra la
humanidad dentro de su territorio. Este fue el caso de
Hitler, que se consideraba dueño y señor en su tierra y
autorizado a provocar un genocidio. Esta declaración
universal debe mucho a la revulsión universal contra el
nazismo, el fascismo, el totalitarismo, y, también, a
nosotros, al espíritu de la Resistencia. Sentía que había
que actuar rápidamente, no ser víctima de la hipocresía que
había en la adhesión proclamada por los vencedores a estos
valores que no todos tenían la intención de promover
limpiamente, pero que nosotros intentábamos imponerles.
No me aguanto las ganas de citar el artículo 15 de la
Declaración Universal de los Derechos del Hombre: “Toda
persona tiene derecho a una nacionalidad”; el artículo 22:
“Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a
la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo
nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la
organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción
de los derechos económicos, sociales y culturales,
indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su
personalidad”. Y si esta declaración tiene un alcance
declarativo, y no jurídico, no por eso ha desempeñado un
papel menos importante desde 1948; se ha visto a pueblos
colonizados acogerse a ella en su lucha por la
independencia; ha inspirado a los espíritus en su lucha por
la libertad.
Constato con alegría que a lo largo de las últimas décadas se
han multiplicado las organizaciones no gubernamentales, los
movimientos sociales como Attac (Association pour la
taxation des transactions financières1), la FIDH (Fédération
international des Droits de l”homme2), Amnesty…, que son
activas y efectivas. Es evidente que para ser eficaz
actualmente es necesario actuar conjuntamente; aprovechar
todos los medios modernos de comunicación.
A los jóvenes, les digo: mirad alrededor de vosotros,
encontraréis temas que justifiquen vuestra indignación –el
trato que se da a los inmigrantes y a los indocumentados.
Encontraréis situaciones concretas que os empujarán a llevar
a cabo una acción ciudadana de importancia. ¡Buscad y
encontraréis!
Mi
indignación a propósito de Palestina
Hoy, mi principal indignación concierne a Palestina, la
franja de Gaza y Cisjordania. Este conflicto es un motivo
propio de indignación. Es necesario leer el informe Richard
Goldstone, de septiembre de 2009, sobre Gaza. En él este
juez sudafricano, judío, que se declara incluso sionista,
acusa al ejército israelí de haber cometido ““actos
asimilables a crímenes de guerra y quizás, en ciertas
circunstancias, a crímenes contra la humanidad”“ durante la
operación “Plomo Fundido” que duró tres semanas. Volví a
Gaza en 2009, pude entrar con mi mujer gracias a nuestros
pasaportes diplomáticos, para verificar con mis propios ojos
lo que el informe contaba. Las personas que nos acompañaban
no fueron autorizadas a entrar a la franja de Gaza. Ni a
Cisjordania. Visitamos los campos de refugiados palestinos
creados en 1948 por la Agencia de Naciones Unidas para los
Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, UNRWA, donde más
de tres millones de palestinos expulsados de sus tierras por
Israel esperan un retorno cada vez más problemático. En
cuanto a Gaza, ésta es una prisión a cielo abierto para un
millón y medio de palestinos. Una prisión donde se organizan
para sobrevivir. Más que las destrucciones materiales, como
la del hospital de la Media Luna Roja por la operación
“Plomo Fundido”, es el comportamiento de los habitantes de
Gaza, su patriotismo, su amor por el mar y la playa, su
constante preocupación por el bienestar de sus hijos,
numerosos y risueños, lo que llena nuestra memoria. Quedamos
impresionados por su ingeniosa manera de hacer cara a todas
las penurias que les son impuestas. Les hemos visto fabricar
ladrillos, por falta de cemento, para reconstruir las miles
de casas destruidas por los tanques. Nos confirmaron que
hubo 1400 muertos –mujeres, niños y viejos incluidos en el
campo palestino– a lo largo de esta operación “Plomo
Fundido”, llevada a cabo por el ejército israelí, contra
sólo cincuenta heridos del lado de Israel. Comparto las
conclusiones del juez surafricano. Que judíos puedan cometer
crímenes de guerra es insoportable. Desgraciadamente, la
historia ofrece pocos ejemplos de pueblos que aprenden de su
propia historia.
Lo sé, Hamas, que había ganado las últimas elecciones
legislativas, no pudo evitar que se dispararan cohetes sobre
las ciudades israelíes en respuesta a la situación de
aislamiento y de bloqueo en la que se encuentran los
gazatíes. Evidentemente, pienso que el terrorismo es
inaceptable, pero hay que reconocer que cuando se está
ocupado con medios militares infinitamente superiores a los
nuestros, la reacción popular no puede ser sólo no-violenta.
¿Le sirve de algo a Hamas enviar cohetes sobre la ciudad de
Sderot? La respuesta es no. No sirve a su causa, pero se
puede explicar debido a la exasperación del pueblo de Gaza.
En la noción de exasperación, hay que entender la violencia
como una lamentable conclusión de situaciones inaceptables
para aquellos que las sufren. Se puede decir que el
terrorismo es una especie de exasperación. Y que esta
exasperación es un término negativo. Uno no se debe
exasperar, uno debe esperar. La exasperación es la negación
de la esperanza. Es comprensible, diría que hasta es
natural; sin embargo, no es aceptable porque no permite
obtener los resultados que puede eventualmente producir la
esperanza.
La
no-violencia, el camino que debemos aprender a seguir
Estoy convencido de que el futuro pertenece a la
no-violencia, a la conciliación de las diferentes culturas.
Por esta vía, la humanidad deberá franquear su próxima
etapa. Y aquí coincido con Sartre: uno no puede excusar a
los terroristas que arrojan bombas, pero puede
comprenderlos. Sartre escribió en 1947: “Reconozco que la
violencia bajo cualquier forma que se manifieste es un
fracaso. Pero es un fracaso inevitable porque estamos en un
universo de violencia. Y si es verdad que el recurso a la
violencia hace que la violencia corra el riesgo de
perpetuarse, también es verdad que es el único medio de
hacerla cesar”iv. A lo que yo añadiría que la no-violencia
es una manera más segura de hacerla cesar. No se puede
apoyar a los terroristas como Sartre lo hizo, en nombre de
ese principio, durante la guerra de Argelia, o a propósito
del atentado de los juegos de Munich, en 1972, cometido
contra atletas israelíes. No es eficaz, y Sartre mismo
acabará por preguntarse al final de su vida por el sentido
del terrorismo y a dudar de su razón de ser. Decirse “la
violencia no es eficaz” es más importante que saber si se
debe condenar o no a aquellos que la utilizan. El terrorismo
no es eficaz. En la noción de eficacia, es necesaria una
esperanza no-violenta. Si existe una esperanza violenta es
la de la poesía de Guillaume Apollinaire: “Quel esperance
est violente”; no en política. Sartre, en marzo de 1980,
tres semanas antes de morir, declaraba: “Hay que intentar
explicar por qué el mundo de hoy, que es horrible, no es más
que un momento en el largo desarrollo histórico, que la
esperanza ha sido siempre una de las fuerzas dominantes de
las revoluciones y de las insurrecciones, y cómo todavía
siento la esperanza como mi concepción del futuro”.
Hay que entender que la violencia vuelve la espalda a la
esperanza. Hay que preferir la esperanza, la esperanza de la
no-violencia. Es el camino que debemos aprender a seguir.
Tanto por parte de los opresores como por parte de los
oprimidos, hay que llegar a una negociación para acabar con
la opresión; esto es lo permitirá acabar con la violencia
terrorista. Es por eso que no se debe permitir que se
acumule mucho odio.
El mensaje de alguien como Mandela, como Martin Luther King,
encuentra toda su pertinencia en un mundo que ha sobrepasado
la confrontación de las ideologías y el totalitarismo. Es un
mensaje de esperanza en la capacidad que tienen las
sociedades modernas para sobrepasar los conflictos por medio
de una comprensión mutua y de una paciencia vigilante. Para
llegar a ello, es necesario basarse en los derechos, cuya
violación, sea quien sea el autor, debe provocar nuestra
indignación. No debemos consentir la transgresión de estos
derechos.
Por una
insurrección pacífica
He constatado, y no soy el único, la reacción del gobierno
israelí ante el hecho de que cada viernes los ciudadanos de
Bil”id van, sin arrojar piedras, sin utilizar la fuerza,
hasta el muro contra el cual protestan. Las autoridades
israelíes han calificado esta marcha de “terrorismo
no-violento”. No está mal… Hay que ser israelí para
calificar de terrorista a la no-violencia. Hay que estar
molesto por la eficacia que tiene la no-violencia para
suscitar el apoyo, la comprensión y el sostén de todos los
adversarios de la opresión.
El pensamiento productivista, sostenido por Occidente, ha
metido al mundo en una crisis de la que hay que salir
rompiendo radicalmente con la huída hacia adelante del
“siempre más”, tanto en el dominio financiero como en el
dominio de las ciencias y de la técnica. Ya es hora de que
la preocupación por la ética, la justicia y la estabilidad
duradera sea lo que prevalezca. Pues nos amenazan los
riesgos más graves; riesgos que pueden poner fin a la
aventura humana sobre un planeta que puede volverse
inhabitable.
Pero es verdad que se han hecho importantes progresos
desde1948: la descolonización, el fin del apartheid, la
destrucción del imperio soviético, la caída del Muro de
Berlín. Por el contrario, los diez primeros años del siglo
XXI han supuesto un periodo de retroceso. Este retroceso, yo
lo achaco, en parte, a la presidencia americana de George
Bush, al 11 de septiembre y a las consecuencias desastrosas
que de él han sacado los Estados Unidos, como la
intervención militar en Irak. Hemos tenido esta crisis
económica, pero tampoco hemos comenzado una nueva política
de desarrollo. La cumbre de Copenhague contra el
calentamiento climático no ha permitido establecer una
verdadera política para la preservación del planeta. Estamos
en un umbral, entre los horrores de la primera década y las
posibilidades de las décadas siguientes. Pero hay que
esperar, siempre hay que esperar. La década anterior, la de
los años 1990, fue una fuente de grandes progresos. Las
Naciones Unidas convocaron conferencias como las de Rio
sobre el medio ambiente, en 1992; la de Pekín sobre las
mujeres, en 1995; en septiembre de 2000, a iniciativa del
secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, los 191
países miembros adoptaron la declaración sobre los “Ocho
objetivos del milenio para el desarrollo”, por la cual se
comprometen a reducir a la mitad la pobreza en el mundo de
aquí a 2015. Mi gran pesar, es que ni Obama ni la Unión
Europea hayan manifestado aún lo que debería ser su
aportación para una fase constructiva que se apoye en los
valores fundamentales. ¿Cómo terminar esta llamada a
indignarse? Recordando que, con ocasión del sexagésimo
aniversario del Programa del Consejo nacional de la
Resistencia, dijimos, el 8 de marzo de 2004, nosotros, los
veteranos de los movimientos de Resistencia y de las fuerzas
combativas de la Francia libre (1940-1945), que, desde
luego, “el nazismo ha sido vencido gracias al sacrificio de
nuestros hermanos y hermanas de la Resistencia y de las
Naciones Unidas contra la barbarie fascista. Pero esta
amenaza no ha desaparecido por completo, y nuestra cólera
contra la injusticia permanece intacta.
No, esta amenaza no ha desaparecido por completo. Por eso,
hagamos siempre un llamamiento a “una verdadera insurrección
pacífica contra los medios de comunicación de masas que no
proponen como horizonte para nuestra juventud más que el
consumismo de masas, el desprecio de los más débiles y de la
cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza
de todos contra todos”.
A los hombres y mujeres que harán el siglo XXI, les decimos
con nuestra afección:
“CREAR ES
RESISTIR, RESISTIR ES CREAR”.